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Covadonga Fernández

Blog de Covadonga Fernández, periodista, ha desarrollado su labor profesional en Grupo Z, ABC, y Telemadrid, televisión de la que fue presidenta. Consultora de comunicación, es fundadora de https://www.olechain.com/ (el sitio para participar en los procesos que están cambiando el mundo). Corresponsal en España de Criptonoticias.

La revolución de los ciudadanos sensores/tripadvisadores en la hora de las smart cities

El origen del concepto ciudad inteligente se remonta treinta años atrás. Surgió para apuntalar lo que hoy en día se conoce como uno de los grandes retos del Siglo XXI: la sostenibilidad. A los integrantes de la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas les preocupada el impacto de las actividades de los hombre sobre la Tierra y encargaron un estudio para evaluar cómo frenarlo. Conocido como informe Brundtland, en honor de la política y doctora noruega que lo dirigió en 1985, el estudio incluye la primera definición de desarrollo sostenible como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las de las generaciones futuras.

Tuvieron que pasar veinte años para que la sostenibilidad se convirtiese en la nueva religión de nuestro tiempo. Incluso los gobernantes menos “verdes” y los presidentes de multinacionales incluyen en sus discursos el término sostenibilidad. Steve Banker, responsable de consultoría logística en ARC Advisory Group, reflexionaba en un artículo publicado el pasado mes de mayo en la revista Forbes acerca de la relación entre negocio y sostenibilidad  http://www.forbes.com/sites/stevebanker/2015/05/11/3pls-remanufacturers-and-the-business-of-sustainability/.

En él, se hace eco de un estudio del Governance & Accountability Institute (http://www.ga-institute.com), donde se subraya que el 72 por ciento de las empresas que figuran en el índice S&P 500 realizó algún informe sobre sostenibilidad el año pasado. En 2011, solo lo hicieron el 20 por ciento de las compañías. Hoy parece que nada es lo suficientemente bueno si no lleva la etiqueta de sostenible. Desde la mesa donde comemos, hasta la hamburguesa o la lechuga que degustamos sobre ella.

En este contexto de comunión con la sostenibilidad, las ciudades, por su condición de grandes soportes de población, se convirtieron en protagonistas del discurso de la sostenibilidad, tanto en su papel de grandes agujeros negros amenazantes, como en el de principales escenarios de la industria de la sostenibilidad. Los organismos internacionales arrojan cifras desconcertantes sobre sus tejados y se impregnan del pesimismo del que hacía gala Rousseau al referirse a ellas. Para el filósofo francés, las ciudades eran el abismo de la especie humana. En este sentido, el Banco Mundial nos coloca frente a un vértigo desconcertante cuando subraya que dentro de quince años, el 82% de la población mundial vivirá en núcleos urbanos. O la OCDE cuando nos alerta de que la consecuencia de esta enorme concentración de personas acelerará el cambio climático, al incrementarse en un 70% las emisiones de dióxido de carbono.

Así, mientras que el informe que dirigió Gro Harlem Brundtland evolucionaba hacia una Red de Soluciones para cumplir con el Desarrollo Sostenible, al que Naciones Unidas dio carta de identidad en 2012, multinacionales como IBM, Cisco, Siemens o Microsoft alumbraban el concepto de ciudad inteligente (Smart City) como antídoto contra las actividades contaminantes. En nombre de las sostenibilidad, las empresas tecnológicas se lanzaron a fabricar soluciones a problemas que ningún ciudadano había considerado como tales hasta entonces.

En España, una de las primeras ciudades en experimentar con el término smart fue Málaga. Lo hizo en 2009 con un proyecto liderado por la eléctrica Enel. Contaba con un presupuesto de 31 millones de euros y en su elaboración colaboraron, entre otras compañías, IBM y Acciona y diferentes universidades y centros de investigación. Transcurridos cinco años, Enel recogió los resultados obtenidos en un Libro Blanco, donde concluyó que en el área de la ciudad en que se había aplicado el proyecto, el consumo eléctrico se había reducido un 25 por ciento y las emisiones de CO2, un 20 por ciento.

Otra ciudad pionera en aplicar el concepto smart a la gestión de los servicios fue Santander. Su alcalde, Iñigo de la Serna, también presidente de la Red Española de Capitales Inteligentes, se ha propuesto colocar a la capital cántabra en el mapa global de las ciudades inteligentes. En 2011 puso en marcha el proyecto SmartSantander, una ambiciosa iniciativa que le llevó a desplegar por las fachadas de los edificios de la capital, los contenedores, las marquesinas de los autobuses y el pavimento más de 15.000 sensores. Los dispositivos recogían información sobre el estado del tráfico, la contaminación, el ruido o los niveles de basuras y la enviaban a una gran base de datos, donde herramientas de Big Data la ordenaban y categorizaban. El proyecto, que terminó en diciembre del año pasado, permite a los vecinos de Santander saber el tiempo de espera del próximo autobús, qué plazas de aparcamiento están libres o cuáles son las calles menos congestionadas de tráfico. Recientemente, la capital cántabra también ha instalado la única farola 4G que hay en España. Desarrollada conjuntamente por Ericsson y Phillips, ofrece conexión wifi y su tecnología Led permite al consistorio ahorrar hasta un 80 por ciento en alumbrado.

En la actualidad, son las ciudades las que están liderando buena parte de las acciones en el horizonte de la sostenibilidad, trascendiendo muchas veces a las propias realidades de los Estados y sus circunstancias. Es el caso de Barcelona, que ha logrado salir indemne del conflicto soberanista. Barcelona suena a tecnología, modernidad y vanguardia. Esta ciudad se ha convertido en referente mundial de las ciudades inteligentes, incluso por delante de Londres o Nueva York. Las cifras difundidas por sus gobernantes parecen elocuentes. Su política de agua inteligente le permite ahorrar 58 millones de dólares al año. Lo mismo sucede con la factura de alumbrado público, que ha logrado rebajar un 30% con el uso de tecnología Led. También ha incrementado en 50 millones de dólares la recaudación por los aparcamientos en la vía pública.

Barcelona fue de las primeras ciudades del mundo en detectar, además del profundo potencial de las ciudades como laboratorios urbanos para las empresas tecnológicas, el importante cambio de rol que la sociedad del conocimiento y de la información había otorgado a los ciudadanos. Hace quince años, el Massachussets Institute of Technology (MIT) abría el primer Fab Lab (un lugar donde los ciudadanos fabrican cosas con herramientas digitales) y hace quince años también que el Ayuntamiento de la ciudad condal impulsó Distrito22@ en el barrio de Poblenou con el fin de transformar 200 hectáreas de suelo industrial en un distrito innovador y de conocimiento. Fruto de esa iniciativa es el proyecto 22@Urban Lab, cuya misión es potenciar la ciudad como laboratorio urbano y convertir este distrito en un espacio de prueba para las empresas que trabajan en soluciones innovadoras. Barcelona también cuenta con el Fab lab más importante de Europa y con otros espacios de fabricación ciudadana, entre los que se encuentran los ateneos. La ciudad condal es sede de los encuentros internacionales más reconocidos del sector, como el Smart City Expo World Congress, el Smart City Campus o el Mobile World Congress 2015.

Más allá de los microcircuitos, los ciudadanos se han convertido en los sensores más inteligentes y mejor cualificados para analizar los servicios urbanos. Opinan de ellos con sus amigos en las redes sociales, convirtiéndose en la mejor fuente de alimentación de los Big Data. Pero también son incontrolados altavoces de opinión sobre los gobernantes y sus decisiones. La importancia de dichos puntos de vista queda reflejada en el proyecto europeo ciudad 2020, que incluye el análisis semántico de la opinión de los ciudadanos en las redes sociales.

En la era de los gobiernos digitales y del empoderamiento ciudadano, los vecinos adquieren la categoría de clientes, lo que cambia radicalmente el modelo de relación entre los ciudadanos y los gobernantes. Podría decirse que las capacidades que los medios sociales otorgan al nuevo “ciudadano sensor” están provocando una tripadvisorización de las acciones de gobierno y de las empresas que las ejecutan. Esta nueva manera de entender la ciudadanía tiene su núcleo precisamente en las ciudades. Cada acción del gobierno municipal es evaluada, valorada y puntuada. Desde la recogida de basura, al cambio de sentido de una calle o el comportamiento de un guardia municipal al recriminar a un mantero.

En esa evaluación continua de las acciones de gobierno y de las empresas, los ciudadanos ironizan acerca de las ciudades inteligentes y hacen suyo el aforismo que pronunció hace cincuenta años el arquitecto inglés Cedric Price: “La tecnología es la respuesta, pero cuál es la pregunta”. Nadie ha planteado a los ciudadanos si les gustaría vivir en una ciudad inteligente y en el supuesto de que la respuesta fuese afirmativa, cuáles serían las iniciativas que les gustarían que fuesen financiadas con sus impuestos.

La socióloga holandesa Saskia Sassen, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2013, por su contribución e impulso al concepto de ciudad global, sostiene que las ciudades no son máquinas y destaca que es absolutamente necesario que la tecnología esté al servicio de los ciudadanos y no al revés. Sassen defiende un urbanismo de código abierto para que la ciudad pueda dialogar con sus habitantes y censura las tecnologías interactivas cerradas, porque actúan como espías ocultos de las ciudades y provocan efectos “desurbanizantes”.

En una entrevista que el periodista Alfonso Armada le realizó en mayo de 2013 para el periódico ABC, Sassen relata que una noche que caminaba con el responsable de planificación urbana de Berlín, éste le contó que su gran desafío como planificador era conseguir que la gente esté por la noche en la calle. El periodista le pregunta si cómo sucede en Madrid y la socióloga le responde: “exactamente”. Suena halagador que alguien como Sassen, referente mundial del urbanismo, opine que en Madrid no domina el tráfico, que lo que domina es una “urbanidad muy sentida”. Quizá, para suerte de sus vecinos, Madrid todavía no haya alcanzado el grado de inteligencia necesaria para resultar previsible, porque como afirma el también sociólogo Richard Sennett, a nadie le gustan las ciudades demasiado inteligentes. Sennett, que está casado con Saskia Sassen, defiende el buen funcionamiento de las ciudades, pero con las mismas incertidumbres y desordenes que suceden en la vida real. http://www.theguardian.com/commentisfree/2012/dec/04/smart-city-rio-songdo-masdar

El mercado de las ciudades inteligentes también está reinventando el perfil de muchas empresas y provocando alianzas entre sectores antaño tan dispares, como el de las infraestructuras y el de las telecomunicaciones. Por ejemplo, Ferrovial acaba de inaugurar una autopista en Dallas con sensores cada medio kilómetro para que el usuario pague un peaje en función del tráfico. A menor tráfico, más precio. Esta multinacional española, puntera en el sector de las infraestructuras, ya está investigando en el diseño de carreteras adaptadas a los vehículos sin conductor. Alberto López-Oleaga, director de innovación de Ferrovial relataba el pasado mes de julio a Yorokobu (http://www.yorokobu.es/internet-de-las-cosas-en-empresas/) que están trabajando en alianzas con grandes operadoras de telecomunicaciones internacionales para estar preparados cuando los coches que circulen sin conductor sean una realidad.

En un informe elaborado el año pasado por la Dirección General de políticas internas del Parlamento Europeo, se recoge que las ciudades inteligentes son las que abordan al menos una iniciativa relacionada con residuos, energía, gobernabilidad, transporte y e-sanidad. Con tantas áreas que atender no resulta extraño que el mercado del internet de las cosas, del que principalmente se nutren las ciudades inteligentes, tenga previsto triplicar sus ingresos de aquí en cinco años, hasta alcanzar los 1,7 billones de dólares.

Las cifras de negocio que manejan las consultoras, junto a las políticas que defienden y promueven organismos internacionales, como la Unión Europea, o los gobiernos nacionales, autonómicos y municipales, son una señal inequívoca de que estamos en la hora de las ciudades inteligentes. El Ejecutivo español aprobó recientemente dotar con 188,3 millones de euros el Plan Nacional de Ciudades Inteligentes. En la actualidad no hay ciudad española, grande o pequeña, que no presuma de su condición de smart. El año pasado, Boyd Cohen, experto en ciudades sostenibles, publicaba un artículo en la revista i.ambiente (http://www.i-ambiente.es/?q=blogs/boydcohen-por-que-tiene-espana-un-ecosistema-tan-propicio-para-las-smart-cities#sthash.hjzHBcV6.dpuf) en el que se preguntaba: ¿Por qué España tiene un ecosistema tan propicio para las Smart Cities? A Cohen le choca que en un país como el nuestro, con 47 millones de habitantes luchando con la recesión, haya más actividades sobre Smart Cities que en Estados Unidos, que cuenta con más de 300 millones de habitantes y es conocido por sus sistemas de innovación. Según Cohen, España se encuentra a la altura de líderes mundiales, como Holanda o Reino Unido, en la promoción de la agenda de las ciudades inteligentes.       

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